Y el mar entonces regresa a mi como yo regresaba a él en mis recuerdos. Constante. Igual que sus olas que vienen y se van invitándome constantemente a regresar. El mar y el tiempo. Eternos y constantes. Ambos siempre presentes en mi andar. Y tan extraños que me invitan a indagar. ¿De donde vienen y a donde van a parar?
A unos pasos vivo hoy entonces, por un tiempo, del mar. Y paso y camino y por lo menos diario le voy a observar. Cerca, muy cerca estoy y aun me pregunto por que aparece tanto en mi memoria.
Recuerdos de un pasado extraño y nublado como un sueño. Y tan presente y vivido como el presente mio en el que la luna esta noche brilla enorme por mi ventana. Y aun extraño aquellos viajes con mi abuelo. Si. Acá por el mar. Ese que en cualquier parte es el mismo aunque tenga otro nombre. Ese que hoy nada en San Clemente y mañana en Mazatlán.
Miro el viento como surca el cielo y nada lo detiene. Y como juegan viento y agua y mar a moldear la eternidad. Paso firme, viento sopla, el mar ruge y mueve y anda. Juegan. Se me ocurre pensar que la arena son recuerdos de personas. Recuerdos olvidados que se van a descansar al mar. Entonces nadan en las olas. Salen, vuelan con el viento. Y el mar guarda la memoria de la humanidad. De las fronteras de la tierra donde vive el hombre. Y nada más. Hasta aquí llegamos y parado en sus orillas puedo contemplar donde todo acabará.
Metáfora irónica de la vida misma. Un trayecto que acaba en donde el tiempo se repite. Se añeja. Se olvida... y vuelve a comenzar.
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